Dos Días por Gredos o Disfrutando la Felicidad

 Solo los perdedores contemplan la posibilidad de la derrota antes de intentarlo

 

En ocasiones dejar que tu instinto y la casualidad te orienten lleva a agradables sorpresas que no hay que dejar de descubrir: el atrevimiento razonado en busca de superar tus miedos y debilidades lleva al esbozo inevitable de mil y una sonrisas y a encontrar la felicidad donde menos te lo esperas.

El primer día: admirando un imposible

Somos tres los aventureros que nos damos cita para llevar a cabo esta aventura de dos jornadas: Jose, Álvaro y un servidor salimos desde Móstoles a las 7:30 con las mochilas llenas de comida e ilusión en dirección a Gredos. La casualidad ha querido que al llegar al punto inical de nuestra ruta decidiéramos no seguir con nuestro plan inicial de llegar hasta el refugio Elola desde Navalperal de Tormes, por lo que abandonamos este pueblo en dirección al punto habitual de salida de la marcha de aproximación al refugio Elola, la Plataforma de Gredos, decisión que sería crucial -como pudimos comprobar mas adelante- para poder llevar a cabo nuestros planes. Son casi las 11 de la mañana, sacamos las mochilas del maletero y comemos algo antes de partir hacia el refugio por una senda empedrada en cuyos primeros metros descubrimos el peso de nuestras mochilas mientras el sudor empieza a resbalar por nuestras espaldas y a empapar nuestras camisetas. Muchas personas comparten con nosotros esta senda perfectamente acondicionada en la que son decenas de excursionistas los que se dan cita, la mayoría para llegar, como nosotros, hasta la Laguna Grande incluido un numerosísimo grupo de niños venido en autobús con muchas ganas de aventura. Como decía, los primeros metros son bastante duros y el peso de las mochilas se empieza a notar, aunque partimos de una altura ya bastante considerable que convierte el paisaje en un entorno espectacular libre de los bosques a los que estamos habituados en las cotas más bajas de la cara sur de la Sierra de Guadarrama dejando paso a preciosas e inmensas praderas de hierba baja sólo interrumpidas por las moles graníticas de las cumbres de las montañas que nos rodean y las morrenas que yacen como prueba del pasado glacial de estos paisajes.

El camino asciende lentamente (con alguna zona de subida algo más dura, aunque sin grandes dificultades) cruzando algunos arroyos donde vemos las primeras cabras que, acostumbradas al paso de excursionistas, se dejan fotografiar a escasos centímetros. Continuamos ascendiendo, con la vista puesta en la nieve de las zonas más altas; y es que veníamos aquí para intentar subir al Almanzor el segundo día, pero desde que cruzamos con el coche el puerto del Pico y vimos que la cara norte de esta Sierra estaba nevada supimos que este objetivo iba a ser muy difícil. Enseguida alcanzamos la parte más alta de los Barrerones, por encima de los 2200 metros, donde nos topamos por primera vez con la vista idílica de todo el circo de Gredos que rodea la Laguna Grande. Las fotos son obligatorias y también el ponernos algo más de ropa de abrigo; además cambiamos de vertiente y durante los primeros de la bajada hacia la Laguna pisamos la nieve, que ofrece alguna dificultad a nuestro avance. En poco tiempo alcanzamos un pequeño mirador donde identificamos las principales cumbres de este paraje de ensueño y contemplamos el sueño del Almanzor como algo casi imposible en esta época del año, aunque un pequeño rayo de esperanza se asoma en nuestras caras al ver que la zona de la Portilla del Rey y la cumbre del Cabeza Nevada están razonablemente despejadas de nieve gracias, seguramente, a una orientación más favorable respecto al resto de cumbres y collados. Así pues, nos lanzamos hacia la parte baja donde, ya cansados, decidimos parar a comer a la orilla de la Laguna Grande no sin antes meter los pies en el agua gélida de la Laguna (según Jose porque relaja, algo de lo que yo discrepo). El día es estupendo, la temperatura a los 1950m de altura en que nos encontramos es bastante agradable salvo por las esporádicas rachas de viento que disminuyen la sensación térmica, aunque la mayor parte del tiempo no pasa de ser una simple brisa que nos acoge entre sus brazos y nos permite disfrutar de una comida y su posterior siesta en un lugar idílico sobre una enorme piedra a orillas de la Laguna, observando con resignación la imposible cima del Almanzor aunque con la ambición necesaria para buscarnos una nueva meta.

Terminada la comida, las siestas y las bromas, especialmente con nuestro descubrimiento del eco del valle, que no sólo repetía nuestras chorradas sino que traía a nuestros oídos los comentarios de todo tipo de los mas de veinte chavales apastados a unos 300 metros de nosotros; salimos hacia el refugio, atravesando un arroyo por un pequeño puente de madera. Aquí hacemos efectiva nuestra reserva recibiendo las instrucciones del guarda para el uso del refugio, que además nos confirma lo que ya nos temíamos: el Almanzor sin crampones en esta época es un suicidio. Dejamos nuestras cosas en las taquillas habilitadas para tal efecto y nos lanzamos a dar un paseo trepando por los metros de ladera despejadas de nieve al pie del Almanzor, hasta que llegamos a un punto sin posibilidad de continuación donde contemplamos la Laguna desde la altura, tomando muchas fotos y dando algún trago de agua en uno de los muchos pequeños saltos de agua totalmente cristalina que alimentan la laguna unos metros más abajo.

En torno a las 7 de la tarde bajamos hacia el refugio, donde nos acomodamos dejando los sacos en la habitación que nos han asignado y cenamos de fría lata para terminar un día que sólo ha sido la primera toma de contacto con el entorno: hoy hemos disfrutado de las vistas, mañana las vamos a sufrir. Salimos a la pequeña terraza dispuesta a la entrada del refugio, que da acceso también a sus baños, desde donde contemplamos la Luna, con un recuerdo especial para mí, sobre las cumbres que hoy se han mostrado como imposibles para nosotros; aunque sabemos que mañana será otro día. A las 9 ya nos acostamos en nuestras literas número 10, 11 y 12 de la habitación de Los Hermanitos con la expectativa de levantarnos mañana a las 7 en punto para hacer una ruta hacia la Portilla del Rey y desde ahí, si es posible, acometer la ascensión de alguna cumbre cercana (la primera idea fue Cabeza Nevada, aunque en cuanto vimos más de cerca su ascensión desde la Portilla tuvimos que desistir).

El segundo día: El plan B y el aventurero perdido

Según lo planeado, a las 7 suena el despertador y es hora de levantarse. En poco más de media hora estamos con todo recogido y desayunando y a las 8:30, algo más tarde de lo deseado, emprendemos la caminata por la senda que tiene como destino el circo de Cinco Lagunas, aunque nosotros no llegaremos hasta allí, quedándonos en la Portilla del Rey, collado que comunica ambos circos.

Los primeros pasos junto a la Laguna son los más complicados, donde más difícil es orientarse y encontrar los hitos de la senda, aunque la vista es excepcional y las cumbres de la otra orilla se reflejan en el agua dejando una estampa inigualable en estas primeras horas del día. Enseguida el camino se pone vertical y con constantes zetas para superar un primer collado que nos da acceso al valle del Gargantón, cuyo descenso es también complicado debido a que la orientación de esta vertiente impregna sus laderas del manto blanco de un hielo que empieza a desaparecer en una inmensidad de arroyos y saltos de agua cuyo susurro nos acompaña durante toda la ruta.

Llegamos al fondo del valle y cruzamos el río que lo esculpe para iniciar el ascenso final a la Portilla del Rey. Vemos como un grupo de unos cinco o seis excursionistas recogen sus cosas tras haber pasado la noche en un vivac próximo al camino mientras éste gana altura, primero de forma mas tendida y rectilínea a través de una pradera de hierba para después dejar paso a las zonas mas verticales y repletas de zetas por las cuáles ganamos altura a un ritmo sorprendente. En este punto Álvaro se empieza a adelantar, ganando muchos metros de diferencia con nosotros; metros que se incrementan cuando Jose y yo decidimos hacer una pequeña parada para hidratarnos y librarnos por momentos de nuestras pesadas mochilas. Desde abajo le vemos recorrer unas pronunciadas y marcadas zetas del camino cubiertas por el blanco de un nevero de nieve y hielo que se resiste a ser derretido por el paso de los días por su posición privilegiada de sombra. Los dos que hemos quedado retrasados continuamos la ascensión, aunque conociendo de lo peligroso e incómodo de este tipo de nieve dura vamos evitando, en la medida de lo posible, pisarla; así, aunque en algunos momentos es ineludible pisar el frío elemento tomamos un primer atajo, subiendo en vertical algo que el camino supera con continuas eses pero evitando de esta manera pisar la nieve. Pero nuestra variante más importante vendrá cuando encontremos un segundo tramo de nieve, que vemos mucho mas infranqueable que los tramos anteriores salvo por un pequeño corredor de gran verticalidad que se abre paso a nuestra derecha y por donde decidimos subir, en busca de sortear esos metros de sombra que hacen que la nieve permanezca aún blanca y brillante. Subimos por esta variante descubriendo enseguida nuestro acierto pues logramos divisar de nuevo los hitos de la senda ya en su tramo final a través de la Portilla. Tramo final de la senda que sin duda es el más vertical y complicado por el terreno pedregoso, aunque viendo ya nuestro objetivo cada vez mas cerca por el gran ritmo al que devoramos metros de desnivel a este collado (mas por la verticalidad de la subida que por la velocidad de nuestros pasos).

Alcanzamos la cima del collado a unos 2330 metros de altura sobre las 11 de la mañana, y aunque esperábamos encontrarnos con el adelantado Álvaro, observamos para nuestra sorpresa que no está aquí. Rápido conjeturamos que se habría quedado esperando en uno de los puntos que hemos evitado al tomar nuestra variante y le hemos superado sin poder darnos cuenta, por lo que decidimos parar para reponer fuerzas descansando comiendo algo y aliviando nuestras espaldas de la pesada carga, que dejaremos en el collado para lanzarnos a por una pequeña cumbre que vemos a nuestra izquierda (Cabeza Nevada parece inalcanzable desde nuestra posición en el tiempo que tenemos disponible, pues a las 12 queremos estar emprendiendo el camino de vuelta). Subimos los metros que podemos de esta cumbre, de la cuál una vez alcanzada la que pensábamos que era su cima comprobamos que aún tiene unos 15 metros más por encima de nuestras cabezas, aunque la peligrosidad de la nieve que cubre toda la ladera que baja hacia Cinco Lagunas nos echa para atrás, por lo que tomamos este punto como nuestra cima personal; tomamos las fotos pertinentes, contemplamos durante unos minutos el paisaje que se presenta a nuestros pies y nos lanzamos a la bajada, recogiendo la mochila y deshaciendo el camino andado, incluyendo la variante tomada anteriormente y que habíamos dejado señalizada para poder reconocerla en el descenso.

Durante nuestro descenso nos encontramos con un grupo de cuatro excursionistas con el mismo objetivo que nosotros, con los que charlamos amistosamente compartiendo con ellos nuestra variante para evitar la nieve. Lógicamente, a estas alturas seguimos sin Álvaro y ya sólo esperamos encontrarle en el Refugio una vez terminado el descenso. Tomamos un descanso en el río que antes cruzamos antes de subir de nuevo el collado que nos deje en el circo de la Laguna Grande. Superado este collado empiezan a caernos algunas gotas sobre nuestras cabezas, aunque no pasará a mas, y sufriendo algo mas de la cuenta en un último tramo de bajada que se muestra como el más duro alcanzamos sobre las 14:30 el Refugio Elola, donde el guarda nos comenta que Álvaro, ante las amenazantes gotas que cayeron antes sobre nuestras cabezas, partió hacia la Plataforma unos veinte minutos atrás.

Así, sabiendo que nuestro compañero se encuentra bien decidimos tomárnoslo con tranquilidad, comiendo a la orilla de la Laguna y tomando una pequeña siesta junto al Refugio antes de partir a las 15:30 hacia la Plataforma. Hacemos las dos horas de recorrido que nos dejan en la Plataforma a buen ritmo, charlando tranquilamente, tomando las fotos de nuestra hazaña -desde aquí se contempla perfectamente nuestra ascensión de la mañana- y contemplando por última vez antes de nuestra partida este paraje maravilloso al que seguro volveremos para conquistar el techo de nuestro Sistema Central: el tan ansiado Almanzor.

Llegamos a la Plataforma, donde tras mas de 7 horas nos encontramos con Álvaro. Enseguida guardamos las cosas en el maletero en en poco menos de una hora estamos en el coche emprendiendo el camino de vuelta.

No hemos conseguido nuestro objetivo, pero hemos aprendido que hay que saber renunciar a lo inalcanzable, pero no porque sea imposible, sino porque hay que saber buscar el momento más adecuado. Pronto llegará la hora de alcanzar el Almanzor, de momento nos llevamos la imagen de sus laderas en nuestra retina y el disfrute de un entorno único al que ya estamos decididos a regresar cuando tengamos certeza de la ausencia de nieve en las cumbres. Ninguno volvemos triste, todo lo contrario, ha sido un fin de semana para celebrar nuevas vidas. Volvemos con un pedazo de paraíso en nuestra memoria, paraíso que ahora intento -y sólo intento- compartir con vosotros. Nos lo merecemos.

Para mi Luna, por iluminarme el camino e inspirarme la felicidad.

Ascenso a Abantos o Una Subida Fugaz

Lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo.
Proverbio Árabe.

Siete de la mañana. Media hora más tarde de lo previsto me levanto de la cama. Me he quedado sin tiempo para desayunar y tengo que darme prisa para no perder el tren, así que me como malamente dos cruasanes(o como se diga), me pongo rápidamente mi disfraz y salgo a la aún oscura mañana mostoleña para coger el tren que me deje en El Escorial, donde iniciaré mi primera subida a Abantos.

Para esta ruta me iban a acompañar en principio dos Álvaros, pero uno de ellos, el que ya me ha acompañado en otras locuras, muy a su pesar, me envía un mensaje para decirme que no me podrá acompañar. Me hubiera gustado ver su cara cuando el día anterior se enteró de que la subida iba a ser en bici y no andando, y es que éssta es otra de esas locuras que escapan de mi control cuando las preparo; no sólo por el kilometraje, los metros de desnivel o la dureza de las rampas, en este caso el mayor enemigo y la mayor incertidumbre de cara a afrontar esta nueva ruta es el frío.

El otro Álvaro, al que conocí en la ruta de Rutas Pitufas y que se ha atrevido con una de mis locuras me espera en el andén de Alcorcón, donde nos reunimos en el tren ya con dirección a Atocha donde por segundos (y no sera la última vez ese día) tomamos el tren que nos deja finalmente en El Escorial.

Salimos de la estación un poco desorientados hasta que finalmente encontramos la salida buena desde la que empezaremos a subir. Enseguida me doy cuenta de lo que queda por delante, y es que no contaba con que las primeras rampas estuvieran nada más abandonar la estación pasando a través de unas calles adoquinadas que no dejan que la bici ruede e incrementan la dureza de las ya de por sí inclinadas pendientes. Llegamos al monasterio, donde aligeramos un poco de ropa después del primer calentón y repostamos con fruta las últimas energías antes de lanzarnos a la pared de Abantos.

Empezamos a ascender de nuevo por las calles del pueblo sin saber muy bien por donde o hacia donde vamos, pero seguimos la máxima de “si subimos es que no vamos mal”. Tras preguntar sólo una vez a un amable vecino alcanzamos por fin la calle que nos aleja de las últimas casas junto a la presa, donde comienza la ascensión a través del pinar. Aquí las rampas duras dejan paso a un terreno algo más cómodo que permite subir con un pedaleo más alegre aunque sin grandes alardes de desarrollo. En este tramo tengo que decirle a mi acompañante un par de veces que aminore la marcha, que lo más duro está por venir como el mismo comprobará más tarde.

Llegamos a un mirador que se encuentra en torno a la mitad de la ascensión, donde paramos para tomar un respiro antes de afrontar primero un leve tramo de bajada y una subida cómoda como hasta ahora para después llegar al durísimo último kilómetro y medio de la ascensión al Malagón, con rampas del 17% que asustan a cualquiera. A partir del descanso, puesto que no hay más desvios posibles decidimos comprobar quien es capaz de llegar antes a la cima. Álvaro consigue sacarme 30 metros de ventaja en la bajada, que se incrementan un poco en el inicio de la subida, pero de repente veo que se para dejándome ventaja. No me volvería a adelantar. Tras un fuerte calentón él y otro valiente que se estaba atreviendo con la ascensión me alcanzan, pero antes de que llegue la parte dura del final me pongo a rueda de este nuevo acompañante. Álvaro no durará mucho detrás en cuanto empiezan las nuevas rampas, ni yo detrás del otro hombre que enseguida me suelta también rueda yendo a un ritmo muy superior al mío. En las primeras rampas duras oigo a Álvaro quejarse pero yo no quiero parar y continúo hasta arriba, donde corono con una ventaja de más de tres minutos sobre él. Llega a lo alto del Malagón acompañado de otro ciclista bastante más veterano que nosotros, que nos ilustra sobre las posibilidades cilclistas de la zona y nos regala un par de consejos. La idea inicial una vez coronado el Malagón era continuar los dos kilómetros y medio que distan del puerto de Abantos y desde ahí coronar el monte Abantos, pero este segundo objetivo tenemos que dejarlo por falta de tiempo, así que nos lanzamos a subir las últimas rampas, ahora más cómodas, hacia Abantos, el límite entre la comunidad de Madrid y Castilla y León. Paramos en el cartel del puerto, donde nos hacemos las últimas fotos, nos abrigamos y nos tiramos a la bajada para intentar llegar a la estación en sólo veinte minutos y no tener que esperar una hora entera al siguiente tren. Me guío por el reloj de mi cuentakilómetros, que nos indica que llegamos con dos minutos de antelación a la estación; aunque lo que yo no sabía es que estaba atrasado y tenemos que correr porque oímos como las puertas del tren se cierran. Afortunadamente llegamos a tiempo y partimos de nuevo hacia nuestras casas apenas dos horas después de haber llegado.

Fugaz ascenso para apuntarme una nueva gran cima madrileña, y van tres tras Fuenfría y Bola. La siguiente aventura de ascenso ya está rondando mi cabeza pero para eso habrá que esperar al final de los exámenes allá por febrero.

Las Veredas del Guadarrama o el Patio de Mi Casa

No dejes apagar el entusiasmo, virtud tan valiosa como necesaria; trabaja, aspira, tiende siempre hacia la altura.

Rubén Darío

¿Será bueno gastar el tiempo en salir a hacer kilómetros con la bicicleta cuando tienes muchas otras cosas que hacer? Decidí no pensarlo demasiado, coger mi burrita y lanzarme a hacer una ruta de I+D por las veredas del Guadarrama, donde la semana pasada había compartido ruta con el grupo de Rutas Pitufas. Esta zona me encantó, senderos disfrutones y que se dejan rodar a través de un bosque teñido de mil colores gracias a la hoja caduca del otoño. Mi idea es recorrer esta zona por la que rodé los últimos kilómetros de la ruta anterior en sentido contrario, buscando el enlace para llegar desde Móstoles. En definitiva, salgo con el objetivo de abrir un pasillo hacia las inumerables posibilidades que se abren desde esta vereda del río, y que es uno de los entornos más espectaculares y agracedidos para rodar en bicicleta que hay en el entorno de Madrid y de paso abrir un pasillo en mi cabeza para otra dura semana más.

 Me quedo dormido y aunque pienso si tal vez es ya muy tarde, enseguida me pongo el disfraz de ciclista y me lanzo a por las pistas y los senderos sin pensarlo demasiado. Los primeros kilómetros los ruedo cómodo, aunque como en toda buena investigación hay un momento de pérdida de rumbo y tengo que retroceder unos 400 metros para buscar el camino bueno. Recalcar que mis únicas herramientas para preparar estas rutas son Google Earth o similares y eventualmente algún mapa del IGN aunque esto último sobre todo para rutas serranas, apoyándome siempre en crónicas de otros bikers y careciendo, por tanto, de todo tipo de GPS o Smart Phone que me proporcione alguna ayuda a la navegación donde cargar un track.

 A través del camino denominado del Obispo dejo a mi derecha Villaviciosa de Odón y tras cruzar, no sin dificultad, un pequeño arroyo (bastante maloliente, por cierto), empiezo a rodar por una pista que discurre en paralelo a la M-501. Este tramo es bastante llano, salvo un par de rampas con mucha pendiente aunque cortas que aparecen por los caprichos del terreno moldeado para dar cabida a la plataforma de la carretera.

 El camino termina en una rotonda que nos permite seguir recto por un camino estrechado por los matorrales y las zarzas y que nos conduce hasta un paso bajo el puente de la M-501 para dejarnos en el precioso paraje otoñal que se encuentra detrás de la urbanización de El Bosque. A partir de aquí recorro unos dos kilómetros de sendero que son para disfrutarlos de verdad, siendo un tramo cómodo para rodar y realmente bonito. El color del otoño le dota de un ambiente especial donde perder por unos minutos la noción del tiempo y disfrutar oyendo tu propia respiración y el roce de las ruedas con la alfombra de hojas caídas. Aunque estemos cerca de una gran urbanización y un campo de golf que nos va a cortar el paso enseguida, verdaderamente entran ganas de perderse por aquí.

 Tras una subida obligada para bordear el campo de golf, alcanzo de nuevo el camino que continúa por esta vereda, pero tras aproximadamente un kilómetro decido que es la hora de dar media vuelta al toparme con el cauce embarrado de un arroyo, prometiéndome a mí mismo que otro día con más tiempo continuaré desde aquí. En mi regreso doy una vuelta completa por las sendas por las que había pasado antes. Quiero retener los colores y el ambiente de este trocito de paraíso que nos ha regalado el otoño. Me despido de mi nuevo rinconcito y deshago el camino que me trajo hasta él.

No ha sido una ruta larga ni exigente, pero deja un buen sabor de boca para la nueva semana. He conseguido el objetivo encontrando la salida hacia esta zona, que seguro será un lugar habitual de paso hacia otros rincones, hacia la búsqueda de nuevos caminos y nuevas metas. Un lugar que guardar entre mis recuerdos. Al menos entre aquellos que merecen ser revividos.

Las Torres de la Pedriza por la Cuerda de las Milaneras o La Pedriza a Mi Manera

No llenes tu vida de años, llena tus años de vida.

En ocasiones es necesario escapar, desconectar unas horas y volver reforzado a un mundo que no deja de darnos patadas. Librarnos por unas horas de nuestra rutinaria tortura, calzarnos las botas y lanzarnos a trepar las peñas y riscos más encrespados desde los collados más altos. Dejar de seguir a un río de gente sin rumbo y seguir simples marcas de pintura o hitos que apunten a un camino mejor. Pero para todo hay que tener un objetivo y, lo que es aún más importante, un motivo para alcanzarlo. Y yo hoy tengo más de uno.

La planificación de la ruta no es de las habituales. Había hablado con Jose de hacer alguna ruta senderista al estar él desprovisto de bici durante un tiempo. Una ruta de dos días por Gredos empieza a rondar mi cabeza, pero la imposibilidad de encontrar valientes que puedan realizarla me echa para atrás y me hace buscar alternativas. Entre todas las rutas propuestas (no muchas) elegimos subir las Machotas de El Escorial casi con el tiempo justo para prepararla, aunque desde el primer momento es una ruta que no me motiva especialmente; yo quiero algo mas grande, mas “a mi manera”. Es por ello que la noche antes comunico durante una partida de bolos a mis acompañantes que la ruta no será como se dijo en un principio, sino que iremos a hacer una variante de la subida a Las Torres de la Pedriza, esta vez a través de la Cuerda de las Milaneras. Con alguna reticencia inicial, finalmente todos aceptan mi propuesta.

Partimos desde Móstoles Juan Carlos, Raúl, Jose y un servidor a las ocho de la mañana, parando en Collado Villalba a recoger a un nuevo aventurero: Silva, compañero de universidad de Jose y al que hoy he tenido el gusto de conocer. El loco y los cuatro inocentones que no saben donde les van a meter llegan en torno a las 9:15 al control de acceso que, ¡oh sorpresa, oh dolor!, está cerrado y nos toca esperar a que salgan de Canto Cochino uno a uno los coches para poder entrar por goteo los que esperamos. Sin embargo, aunque en principio iba a parecer una espera interminable finalmente fue mas corta de los esperado al dejarnos entrar a unos cuantos del tirón por un motivo que desconocemos. Llegamos a Canto Cochino un poco más tarde de lo esperado, pero con muchas ganas de lanzarnos montaña arriba.

La primera parte de la ascensión es conocida por Juan Carlos, por Jose y por mí de una ruta de hace algo más de dos años. A cada paso recordamos algunas situaciones y anécdotas y nos anticipamos a los grandes momentos de la subida: aquellos en los que toca guardar los bastones y echar las manos a la roca, especialmente recordados por Juan Carlos, muy hábil en esto de la trepada y que enseguida nos saca distancia sin esfuerzo aparente habiendo accedido, de hecho, a cambiar de ruta al incluir esta zona en la nueva ruta pedricera. Antes hacemos una breve parada en el collado del Cabrón, donde Silva nos invita a un delcioso bizcocho casero (buena forma de darse a conocer y ganarse mi respeto, sí señor). Poco a poco ganamos altura y tras los dos grandes tramos de trepada, alcanzamos la zona inédita que ninguno hasta hoy había tocado; siendo mucho (pero mucho) más larga y dura de lo que podíamos haber imaginado, sobre todo yo que fui quien tuvo la idea de subir por aquí. Tras un descenso a mi gusto demasiado largo a través de un pinar (todo lo bajado toca volver a subirlo), volvemos a una zona de subida dura que poco a poco degenera en un auténtico infierno de granito donde la trepada y la escalada pueden empezar a confundirse para los que no estamos muy experimentados. Especialmente complicada fue una trepada que nos llevó a hacer una pequeña cadena humana para subir las mochilas y después poco a poco subir todos de una forma que tal vez no es la más ortodoxa pero que sí fue la única que nos permitió rebasar la escalera rota de rocas humedecidas que teníamos delante. Pero cuál sería nuestra sorpresa cuando al coronar este pequeño tramo encontramos una familia entera con niños de no más de nueve o diez años que bajan por donde nosotros acabábamos de subir. No es que seamos los montañeros más expertos precisamente, pero si nos cuesta a nosotros no creo que para esos niños fuera algo trivial y desde luego era peligroso.

La senda sigue subiendo por las Milaneras a través de un sendero casi siempre sin traza y donde nuestros guías son los hitos y la pintura blanca y amarilla con la que está señalizada. Las quejas de todos por el cansancio son constantes aunque también vemos con admiración como Juan Carlos nos saca distancia con facilidad en cada pequeño tramo de subida dura, sobre todo en aquellos en los que las manos se hacen imprescindibles para guardar el equilibrio y sortear el obstáculo. Finalmente logramos alcanzar el Collado del Miradero, donde más tarde empezaremos el descenso y donde Raúl nos comunica que no nos acompaña haca la zona de Las Torres. Los cuatro aventureros restantes nos lanzamos hacia los riscos que tenemos delante dejando con Raúl todos nuestros bártulos llevando sólo lo imprescincible, subiendo finalmente a la Peña del Rayo (o al menos pensamos, sobre la cartografía, que es éste al que hemos ascendimos). Nos hacemos las pertinentes fotos en la cima, con especial dedicatoria y felicitación por mi parte ;) y volvemos para reunirnos con Raúl y tomarnos un último bocadillo para lanzarnos a por la bajada.

Bajamos por la senda que nos deja de manera más directa en la zona del refugio Giner de los Rios y la Autopista de la Pedriza. Intento disfrutar cada paso de la bajada, pero el dolor en mis pies y rodillas me lo impide a pesar del maravilloso susurro de los arroyos que esculpen el valle a través del bosque, cuyo color otoñal te transporta a un universo muy distinto al que encuentras sólo 50km mas al sur y con cuya amarga realidad nos encontraremos en sólo unas horas . Nunca, ni en bicicleta ni andando disfruto de las bajadas, es dar un paso atrás en un hito conseguido, y aunque una subida sea siempre más dura, es ese dolor y esa dureza lo que te hace ser consciente de haber hecho algo grande aunque sólo sea para ti mismo, lo que normalmente ya es gente suficiente. No, no me gusta bajar, aunque intento aprovechar el momento para pensar, pensar en lo conseguido, pero también en lo no conseguido y que conseguiré y en lo no conseguido y que tal vez nunca consiga… es sólo pensar, como siempre.

Esta semana amarga requería un fin de semana evasivo, y lo he tenido. Ahora me toca aprender y cambiar, tomar un nuevo rumbo, buscar los rincones más duros de mi propia Pedriza y sortearlos de la mejor manera posible, pero siempre A Mi Manera. No me apetece dejar de alcanzar otras cimas más altas aunque el camino sea difícil. No me apetece dejar de pensar, tal vez soñar, quien sabe si algún día vivir.

Móstoles a 30 de octubre de 2011

Mario

De Cercedilla a La Bola del Mundo o recogiendo los frutos de la perseverancia

(Ruta realizada el 3 de septiembre de 2011)

¡Caer está permitido. Levantarse es obligatorio!. Proverbio Ruso
 

Mi verano toca a su fin. El lunes toca volver a la rutina, desempolvar el papel y la calculadora y volver al estrés. Pero antes quiero culminar un proyecto que empezó hace cerca de tres meses cuando intenté alcanzar la cima de la Bola por primera vez. En aquella ocasión, acompañado por Álvaro y partiendo desde el Puerto de Navacerrada. Sin embargo, aunque logramos llegar arriba, las sensaciones no fueron buenas, tardamos mucho tiempo en llegar a la cima teniendo que parar demasiadas veces durante la ascensión. Esta vez será diferente.

Es por ello que esta ruta no empieza la mañana del día 3. Desde el (relativo) fracaso del ascenso de junio estoy pensando en volver y superarme. Disfrutar de este precioso paraje sufriendo sus duras rampas y atravesando la niebla para buscar el más grande de los éxitos: la superación personal y la satisfacción del esfuerzo bien realizado. Muchas veces ocurre que mientras subes y sufres odias la bicicleta; te sientes solo oyendo tu respiración y el roce de la rueda con la arena, el asfalto o como en este caso el hormigón. Piensas que no puedes llegar pero siempre hay una pedalada más o incluso bajas un piñón, te levantas sobre los pedales y lanzas la bicicleta. Algo tendrá, pues cuando llegas arriba olvidas todo el sufrimiento y sólo piensas en volver a intentarlo. Más rápido, más alto. O simplemente piensas en volver acompañado para que otros lo disfruten como tú. Contarlo es imposible, pero ahora quiero intentarlo.

El mes de julio no había sido un mes muy fructífero en lo deportivo y a pesar de haber empezado un entrenamiento para el Camino de Santiago, la cancelación de este plan hizo que durante casi todo el mes dejara la bici aparcada salvo para pequeñas y esporádicas salidas. En agosto toca escapar hacia León, donde como otros años esperaba aburrirme durante un mes entero por el pueblo, pasando como fuera posible los días aunque escapando de la rutina y el calor. Pero esta vez llego con un arma escondida, o mejor dicho, con una bicicleta sobre la baca. Enseguida empezaron a caer kilómetros y dos objetivos empezaron a rondar mi cabeza: volver a la Bola para vencer a sus rampas e inscribirme en mi primera marcha (pero esa es otra historia que quizá un día contemos sus protagonistas). Fue un mes de agosto de pasarlo teta sobre la bici y fuera de ella, con días de 60 km por carretera con más de 1000m de desnivel acumulado y hasta un último día de 85 km de viaje hasta la ciudad de León. En total fueron 800km recorridos, la mayoría de ellos por carretera aunque repletos de subidas y desniveles. Con esta preparación, enorme para un globero como yo, me vuelvo el día 31 a los mandriles con la tristeza de abandonar un mes genialmente inesperado pero con la idea fija de demostrar lo aprendido.

Antes de abandonar mi casa de Quintanilla ya había hablado con Jose de la idea de hacer una ruta que terminara en la Bola y desde hace cerca de un año que conozco y tengo en mi cabeza la ruta que sube la Fuenfría desde Cercedilla enlazando a través del sendero Schmid con el Puerto de Navacerra , desde donde parte el tramo final de hormigón que corona el alto de las Guarramillas o Bola del Mundo.

Así, el primer sábado tras mi llegada nos ponemos en marcha. Quedamos a las 7 de la madrugada en la estación de tren de Móstoles y tras casi dos horas de viaje los tres mosqueteros (Jose , Álvaro y un servidor) nos plantamos en Cercedilla dispuestos a empezar la ascensión de casi 12 km desde la primera pedalada, pues el puerto de la Fuenfría empieza para nosotros en cuanto abandonamos el edificio de la estación. Los primeros kilómetros por carretera son los más duros pero vamos tranquilos, a pesar de lo cual mis acompañantes se empiezan a quedar atrás, lo que parece indicar que el entreno no fue malo. Tras cierta duda con el camino a seguir, momentos de orientación que aprovechamos para reagruparnos, logramos llegar hasta el punto donde termina la subida por carretera y se inicia la subida por la pista forestal conocida como Carretera de la República.

A partir de este punto no espero más y me lanzo hacia arriba para coronar la Fuenfría. Voy tranquilo, pues aún queda mucho, sin embargo enseguida suelto la rueda de Jose, mi perseguidor más inmediato, y voy adelantando a algunas grupetas, algo que me sorprende, pero que de nuevo es un reflejo del estado de forma con el que regreso. Salvo alguna rampa un poco más inclinada, el puerto es muy tendido y permite mantener un buen desarrollo y una buena cadencia sin demasiado esfuerzo. A media ascensión otro ciclista me alcanza y me adelanta, así que decido forzar un poco y continuar subiendo a su lado charlando amistosamente y adelantando a más grupos mientras este nuevo compañero me comenta: “otros más que van a caer” al ver un nuevo objetivo que va a ser adelantado.

Al llegar al Mirador Vicente Aleixandre me despido de mi acompañante, que se queda a esperar a su suegro, mientras que yo continúo la ascensión, primero por una zona de descanso con una leve bajada que permite recuperar un poco las piernas y luego por el tramo final de subida, el más bonito, pasando junto a miradores que se asoman como palcos de lujo a un valle que cada vez queda más abajo. Decido no parar en ninguno de estos miradores porque hoy el objetivo es coronar con las mejores sensaciones posibles, así que continúo adelantando a más ciclistas incluso que al principio, aunque sin forzar en ningún momento, pues aun queda el terreno desconocido del sendero Schmid y después el plato fuerte del día: la pared de la Bola. Llego al puerto de La Fuenfría (1792m) donde decenas de ciclistas se toman un respiro tras coronar esta bonita subida y comentan las rutas que van a seguir desde aquí: unos a los pinares de Valsaín, otros a Segovia y otros como nosotros hacia el Puerto de Navacerrada. Hace frío y durante los veinte minutos que espero la llegada de Jose me tengo que poner el chubasquero. Cuando por fin Jose corona me informa de que Álvaro ha tenido que abandonar, la subida desde el principio fue muy dura para él. Hay que reconocer su mérito al querer intentarlo a pesar de que apenas lleve haciendo ciclismo un año y seguro que ya está pensando en volver a intentarlo para superarse.

Los dos supervivientes tomamos el camino Schmid hacia el Puerto de Navacerrada. Se muestra menos ciclable de lo esperado, lo que unido a nuestra torpeza técnica nos hace andar más de la cuenta alargando el camino. Sin embargo el sendero permite disfrutar de un entorno único entre los pinares, desconectando del resto del mundo y de nosotros mismos.

Por fin alcanzamos el puerto de Navacerrada (1880m) a la altura de la residencia del ejército, por lo que hay que bajar unos metros. Durante esa bajada Jose contempla enfrente de nostotros la verdadera pared que es la primera rampa de la Bola, por lo que decide que no va a subir. Nos tomamos un bollo de chocolate en el bar del puerto y yo me preparo para culminar lo que empecé muchas semanas atrás en solitario. Dejo a Jose mi mochila y sólo me guardo en los bolsillos del malliot la cámara de fotos y el chubasquero, pues en el puerto estamos a 8ºC y la bajada promete ser fría.

Empiezo ascendiendo la Bola con el objetivo de no detenerme hasta su cima. Las primeras rampas son auténticos muros que te dejan muy tocado nada más empezar, sin embargo esta vez me encuentro mejor que en la ocasión anterior y logro superarlos con esfuerzo pero con las reservas necesarias para los más de dos kilómetros que restan de ascensión. Al final de este primer tramo duro me cruzo con una familia entera que baja y me miran sorprendidos con la madre preguntándome: “¿Pero vas a subir hasta arriba?” “Al menos voy a intentarlo”, contesté entre jadeos. “¡Qué mérito tienes chaval!” Estas palabras de ánimo me dan fuerzas para continuar, aunque cuando alcanzo la zona menos dura (eso aquí son rampas del 10%) decido recuperar un poco y no meter más piñones, pues enseguida volverá a ponerse dura de nuevo en el tramo más difícil y no quiero repetir uno de los errores de mi primera ascensión. La niebla juega a cerrarse sobre mí para después abrirse y alcanzo las rampas más duras de esta subida, en las que me retuerzo igual que lo hacen las eses de esta pista encementada, donde algún niño ve con curiosidad mi sufrimiento y los chepazos que meto encima de la bicicleta para superar rampas que sobrepasan en algún punto el 20%. Por fin, tras aguantar estoicamente sobre la bicicleta alcanzo el descanso que hay junto a la caseta del telesilla donde dejo caer la bicicleta por sí sola ¡a 2 km por hora! Recuperando durante breves segundos el aliento para afrontar las dos últimas rampas de la subida. Llegar aquí es tenerlo prácticamente hecho, aunque los 500m que quedan sean durísimos y el viento me golpeé fuertemente de costado, ya puede verse la cima y rendirse en este punto sería un sacrilegio. No sin pasarlo mal alcanzo la cima de La Bola, siendo el único aventurero que está aquí arriba: son casi las tres de la tarde y nadie ni en bicicleta ni a pie se persona en esta cima. Tomo las fotos que me sitúen en lo más alto, me pongo el cubasquero y me lanzo con precaución hacia abajo (subirlo es duro y bajarlo puede llegar a dar verdadero miedo si como yo no se domina la técnica de descenso aunque sea por un camino de hormigón). Paro casi en cada curva para intentar tomar fotos que capturen sus porcentajes y animo a algún ciclista que lo intenta como hice yo unos minutos atrás hasta que finalmente me reúno con Jose donde lo dejé, en el bar del Puerto.

Como se nos hace tarde bajamos por la carretera cogiendo velocidades de cerca de 70 km/h hasta El Ventorrillo, donde tomamos el camino del Calvario hasta Cercedilla, cruzando el pueblo para terminar en la estación y tomar el tren de vuelta a casa.

No ha sido fácil, no ha sido ningún paseo ni será la mejor ascensión que se haya hecho a la Bola, pero lo he conseguido, la perseverancia funciona y de nuevo, igual que la otra vez, me alejo en el tren pensando sólo en volver otro día para superarme.

Dedicado a Sara, Rocío y Santi: por ser los responsables de un agosto “genialmente inesperado”, por aguantarme y porque cuando llegué arriba lamenté el no poder estar a las once y media en la plaza para aburriros con mi modesta hazaña.

De Móstoles a Manzanares El Real o pedaleando entre dos mundos

Es martes. Como todos los martes toca madrugar pero éste no es un martes ni un madrugón cualquiera. La universidad nos ha dado una tregua concediéndonos un día de fiesta a los que estudiamos en Leganés y desde hace más de una semana he mirado varias rutas ciclistas que me gustaría hacer aprovechando este día de fiesta que nos han regalado. Había investigado con ansia y curiosidad el carril bici que enlaza Madrid con Colmenar Viejo y Soto del Real, descubriendo una variante que me seduce desde el primer momento: ¿por qué no intentar llegar a la sierra desde Móstoles sin necesidad de utilizar transporte? Desde Colmenar Viejo apenas hay 15 km hasta Manzanares el Real y la estación de Colmenar es un excelente punto donde coger el tren de vuelta. De esta forma el lunes me pongo en marcha, busco un aliado en Álvaro, que tiene la suerte también de tener el día siguiente libre y que se deja engañar sobre la dureza de la ruta. Quedamos a las 8 de la mañana frente a la estación de Metro de Pradillo.

A esta hora todavía no ha salido el Sol y el cielo empieza tímidamente a ganar un color distinto al de la noche. La ruta exige salir pronto, no conocemos totalmente a qué nos enfrentamos, pero lo vamos a intentar. Remontamos las calles de Móstoles en dirección a Alcorcón mientras los primeros rayos de Sol nos alumbran invitándonos a dejar esta jungla de ladrillo naranja.

 Cruzamos Alcorcón saliendo por el camino que nace detrás del Tres Aguas en dirección la casa de campo. Atravesamos la Venta de la Rubia, hoy casi vacía, y tomamos la bajada que nos dejará en Colonia Jardín. Siempre es bonita la vista desde el punto más alto antes de afrontar la bajada, pero hoy es especialmente emocionante ver la silueta de Madrid recortada por los primeros rayos de Sol. Además, a nuestra izquierda podemos contemplar la silueta de las cumbres más importantes de la Sierra de Guadarrama: desde la encrespada Maliciosa hasta las formas redondeadas de las Cabezas de Hierro que sobresalen en la Cuerda Larga pasando por la aún borrosa vista de las caprichosas formas de la Pedriza, pudiendo intuirse la peña del Yelmo, a cuyos pies nos dirigimos. Ahora soy capaz de comprender el tamaño de la empresa que tengo entre manos: contemplo un objetivo grande e ilusionante pero aún lejano que acrecienta el deseo de completar la gesta empujándome con más ganas que nunca a luchar contra el más inmediato y férreo enemigo del ciclista: uno mismo.

Entramos en la Casa de Campo, donde comprobamos que no somos los únicos deportistas que hoy tienen el día, o al menos la mañana, libre. Yo voy totalmente de corto y el frío de las primeras horas del día me pasa factura. Con los dedos entumecidos consigo hacer algunas fotos en el paseo de los castaños, que nos saluda con una luz y un color muy especial pues ya empiezan a aparecer los primeros tonos del otoño que junto con el efecto de luz que producen los primeros rayos con las hojas de los árboles le da un aspecto mágico que nos ayuda a seguir pedaleando. Parada breve en el lago, donde descansamos, nos mentalizamos y sacamos algunas fotos antes de reemprender la marcha.

Ahora tomamos el carril bici del Anillo Verde Ciclista de Madrid, que aunque con algunas deficiencias mínimas y casi obligadas por la forma del trazado urbano, hay que reconocer que es una excelente infraestructura para moverse por Madrid y todo un acierto en la forma en la que está realizado teniendo incluso puentes dedicados exclusivamente para él. Abandonamos el Anillo tras pasar Pitis, tomando el otro carril bici del día, el que nos dejará en Colmenar subiendo en paralelo a la M-607 y en muchos tramos también a las vías del AVE. Este carril bici es completo al 100% y carece de cruces peligrosos o pasos poco apropiados para las bicicletas, permitiendo rodar a cierta velocidad, lo que nos deja en Colmenar tras un tiempo mayor que el previsto pero que ha transcurrido de forma cómoda. Llegando a Colmenar empiezo a acusar el cansancio (y Álvaro parece que también, teniendo que esperarle en alguna ocasión). Nos cruzamos con un VOR (estación VHF que utilizan los aviones para navegar) y como buen estudiante de teleco toca echar algunas fotillos a este curioso aparato.

Llegados a Colmenar, lo atravesamos para coger el camino que nos dejará en Manzanares el Real, que coincide además con un tramo del Camino de Santiago madrileño. A partir de aquí y hasta pasar bajo la carretera que va hasta Cerceda y Navacerrada el camino esta más roto y con más piedras de lo esperado, lo que lo convierte en intransitable en varios tramos de su recorrido haciendo que tengamos que echar pie a tierra y empujar la bicicleta en más de una ocasión.

Tras cruzar la carretera bajo un puente el camino se vuelve más ancho y fácil de transitar pero el cansancio hace mella en mí y apenas me deja disfrutar de un entorno cada vez más espectacular a medida que nos aproximamos a la imponente pedriza y a al resto de cumbres, riscos y collados de esta sierra. El camino asciende, buscando remontar el pequeño monte que tenemos entre nosotros y el pueblo de Manzanares el Real y tas un rato de dura subida (más dura por los kilómetros recorridos que por la dureza en sí de sus rampas) alcanzamos un alto desde el que tenemos una panorámica impresionante del pueblo a las faldas de la mole granítica del Yelmo, que se alza vigilando nuestra llegada a más de 1700m de altura.

Tras la bajada entramos en el pueblo, se nos ha hecho tarde y estamos en la reserva de nuestras fuerzas desde hace muchos kilómetros, Pero al entrar nos despistamos y cogemos caminos diferentes, lo que me hace parar y esperar a Álvaro en una terraza mientras me tomo un refresco y un bocadillo de tortilla que me ayude a recuperar fuerzas para deshacer el camino recorrido desde Colmenar, donde nos espera el tren que debe dejarnos de vuelta en casa.

Muy mermados por el calor y los kilómetros acumulados se nos multiplican los problemas. Y es que pincho la rueda delantera, obligándome a cambiar la cámara a un sol de cerca de 30º y con 75 km recorridos. A esto hay que sumarle el ruido que venía sufriendo desde el principio de la ruta en el eje pedalier por la rotura de algún rodamiento. Hechas las reparaciones continuamos la subida y posterior bajada hacia la carretera, que tomamos como alternativa al destrozado camino por el que hicimos la ida. El arcén es ancho y nos permite rodar con facilidad y seguridad, viendo una base militar llena de blindados quizá esperando el desfile del día siguiente.

 Llegamos a Colmenar y buscamos la estación, que como no podía ser de otra manera está en la otra punta del pueblo. Tras preguntar a varios vecinos conseguimos alcanzarla tras casi 20 minutos de callejeo alzando los brazos en señal de victoria. Hoy nos hemos ganado a nosotros mismos. Son las 16:00 y hace ocho horas que salimos de Móstoles pedaleando: hemos recorrido cerca de 90 km y hemos sufrido para disfrutar del contraste que supone salir de nuestra ciudad para terminar en nuestra montaña. Lo hemos conseguido.

La Maliciosa y el valle de La Barranca o de Madrid al cielo

Madrugón de campeonato para empezar este sábado de verano, pero en el fondo no está tan mal porque al fin y al cabo es para disfrutar de algo que nos encanta aunque sea a costa del sufrimiento que supone este desafío. Nada más llegar al punto de quedada me entero de que se nos ha caído uno de los aventureros, Álvaro no nos podrá acompañar  hoy, pero en su lugar Raúl nos demostrará sus grandes dotes de montañero, agradable sorpresa para empezar una mañana en la que tomamos la carretera en el coche de Jose en dirección a una ruta desconocida pero una ruta de esas que mientras las preparas te hacen la boca agua.
Los tres indómitos aventureros (Jose, Raúl y un servidor) apunto estamos de perdernos antes de bajarnos del coche (casi acabamos en lo alto de Navacerrada), pero enseguida rectificamos y tras pasar ante el lúgubre sanatorio de la barranca, digno de un largo reportaje de Iker Jiménez, llegamos al aparcamiento y nos disponemos empezar la larga ascensión hacia la Maliciosa a través de la senda que discurre por la fuente de la campanilla y el collado del Piornal.  Los primeros metros de la ascensión los pateamos por una pista cómoda en la que no dejo de pensar en lo bien (o mal) que me lo pasaría subiéndola en bici, aunque dejamos rápido la pista tomando un pequeño atajo a través de una preciosa senda a orillas del arroyo que da forma a este valle. Tras una agradable caminata y una búsqueda infructuosa de un palo para Jose (con un “fuerapista” incluido que le dejó entre el  barro) llegamos al desvío de la Fuente de la Campanilla,donde tomamos un respiro antes de afrontar lo más duro de la ascensión. Tras tocar como es de rigor la campana que hay en la fuente, continuamos ganando altura por una senda cada vez peor marcada y que enseguida se queda desnuda de árboles debido a la altura, pero tras un esfuerzo nada despreciable para nosotros alcanzamos el collado del piornal. En ese momento la vista es espectacular, justo delante de nosotros encontramos un viejo pluviómetro que nos indica donde hemos llegado, con la Pedriza al fondo, las majestuosas antenas que hay sobre la cima de La Bola del Mundo a nuestra izquierda y a nuestra derecha el primer objetivo de la mañana: la cima de La Maliciosa. Remontamos los últimos (y durísimos) metros de la Maliciosa y llegamos a su cumbre (2227m), desde donde su posición privilegiada, más adelantada que el resto de cumbres de la Sierra de Guadarrama,  nos da una visión inmejorable de gran parte de Madrid, desde los embalses de Santillana, Navacerrada o Valmayor, pasando por el monasterio de El Escorial  bajo las faldas de Abantos hasta las altas torres del paseo de la Castellana, tristemente visibles por la boina de contaminación que cubre la metrópoli esos días.   Una cumbre tan especial  tiene que ser muy frecuentada pero aún así es sorprendente la cantidad de gente que está en la  cumbre en esos momentos: hasta 15 personas, subiendo a través de todas sus vertientes se dan cita en la cumbre.

Tras las fotos de rigor descendemos de nuevo al collado del Piornal y desde éste subimos a la vecina Bola del Mundo (2265m), subida que se nos hace durísima y en la que empezamos a sufrir los estragos del cansancio. Descendemos La Bola por la pista encementada que da acceso a las antenas y  que una semana antes había coronado en bicicleta junto a Álvaro, aunque no lo lográramos del tirón y tuviéramos que echar pie a tierra en más  ocasiones de las que son dignas de contar (de lo cual yo ya me he resarcido, subiéndola íntegramente y sin  paradas a principios de septiembre). En el lugar donde empieza las insufribles eses de esta mortal subida ciclista que nosotros descendemos a pie, tomamos un desvío entre vacas, a las que intentamos no molestar, iniciando un breve pero fuerte descenso entre piedras con las que resbalo y doy con mis huesos en el suelo de una forma más cómica que dolorosa. Tras la bajada tomamos la senda de la tubería,  muy buen nombre para esta senda puesto que básicamente es el trazado de una antigua tubería de la que aún quedan muchos tramos con los que hay que tener cuidado de no tropezar con ella. Recorremos la cuerda de las cabrillas y llegamos hasta el mirador de la Barranca, lugar al que no queríamos llegar así y llegamos por accidente desde otro camino al perder la traza del mapa, pero donde encontramos una visión que no nos abandonará hasta el final de la ruta. Una diosa de perfectas curvas nos adelanta en bicicleta terminando la subida al mirador acompañada por un tipo con más suerte que nosotros. Nos la encontraríamos de nuevo tras el descenso del mirador y en la senda que nos lleva al punto de partida, aunque somos capaces de admirarla en todo su esplendor cuando “decidimos” hacer una parada para refrescarnos los pies el lugar del río donde se encontraba nuestra musa de aquel día. Tras la divina contemplación regresamos a los coches, yo estoy cansado pero  con la satisfacción del trabajo bien hecho sabiendo que ya estoy renovado después de lo pasado durante un largo curso y preparado para afrontar lo que queda de un largo verano de estudiante.

(ruta realizada el 18 de junio de 2011).

Sobre el blog Rutas Enrutadas

El blog que empiezo ahora se hace con el ánimo de mostrar a todo aquel que quiera mis experiencias como principiante en el mundo de la montaña y la BTT, queriendo mostrar en todo momento el lado más estético y deportivo de todas estas rutas, por encima del aspecto técnico o de recorrido; buscando compartir nuestro aprendizaje y evolución en todo lo relacionado con estas disciplinas a todos aquellos que como nosotros empiecen a dar sus primeros pasos o pedaladas. De esta forma no se incluirán “tracks” de ningún tipo ni la intención del blog será la de mostrar de forma detallada el recorrido, sólo relatar nuestro entusiasmo por los magníficos recorridos, ya sean en ruta o a pie, que realizamos sobre todo en la Comunidad de Madrid así como la superación de las metas deportivas que estas rutas nos imponen.

Por último un gran agradecimiento a Alakan y su maravilloso blog, que invito a visitar pues ha sido uno de los grandes referentes que ha hecho crecer en mí la afición que ahora empieza a madurar por la bici de montaña y la montaña en general: alakan.wordpress.com

 

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