Solo los perdedores contemplan la posibilidad de la derrota antes de intentarlo
En ocasiones dejar que tu instinto y la casualidad te orienten lleva a agradables sorpresas que no hay que dejar de descubrir: el atrevimiento razonado en busca de superar tus miedos y debilidades lleva al esbozo inevitable de mil y una sonrisas y a encontrar la felicidad donde menos te lo esperas.
El primer día: admirando un imposible
Somos tres los aventureros que nos damos cita para llevar a cabo esta aventura de dos jornadas: Jose, Álvaro y un servidor salimos desde Móstoles a las 7:30 con las mochilas llenas de comida e ilusión en dirección a Gredos. La casualidad ha querido que al llegar al punto inical de nuestra ruta decidiéramos no seguir con nuestro plan inicial de llegar hasta el refugio Elola desde Navalperal de Tormes, por lo que abandonamos este pueblo en dirección al punto habitual de salida de la marcha de aproximación al refugio Elola, la Plataforma de Gredos, decisión que sería crucial -como pudimos comprobar mas adelante- para poder llevar a cabo nuestros planes. Son casi las 11 de la mañana, sacamos las mochilas del maletero y comemos algo antes de partir hacia el refugio por una senda empedrada en cuyos primeros metros descubrimos el peso de nuestras mochilas mientras el sudor empieza a resbalar por nuestras espaldas y a empapar nuestras camisetas. Muchas personas comparten con nosotros esta senda perfectamente acondicionada en la que son decenas de excursionistas los que se dan cita, la mayoría para llegar, como nosotros, hasta la Laguna Grande incluido un numerosísimo grupo de niños venido en autobús con muchas ganas de aventura. Como decía, los primeros metros son bastante duros y el peso de las mochilas se empieza a notar, aunque partimos de una altura ya bastante considerable que convierte el paisaje en un entorno espectacular libre de los bosques a los que estamos habituados en las cotas más bajas de la cara sur de la Sierra de Guadarrama dejando paso a preciosas e inmensas praderas de hierba baja sólo interrumpidas por las moles graníticas de las cumbres de las montañas que nos rodean y las morrenas que yacen como prueba del pasado glacial de estos paisajes.
El camino asciende lentamente (con alguna zona de subida algo más dura, aunque sin grandes dificultades) cruzando algunos arroyos donde vemos las primeras cabras que, acostumbradas al paso de excursionistas, se dejan fotografiar a escasos centímetros. Continuamos ascendiendo, con la vista puesta en la nieve de las zonas más altas; y es que veníamos aquí para intentar subir al Almanzor el segundo día, pero desde que cruzamos con el coche el puerto del Pico y vimos que la cara norte de esta Sierra estaba nevada supimos que este objetivo iba a ser muy difícil. Enseguida alcanzamos la parte más alta de los Barrerones, por encima de los 2200 metros, donde nos topamos por primera vez con la vista idílica de todo el circo de Gredos que rodea la Laguna Grande. Las fotos son obligatorias y también el ponernos algo más de ropa de abrigo; además cambiamos de vertiente y durante los primeros de la bajada hacia la Laguna pisamos la nieve, que ofrece alguna dificultad a nuestro avance. En poco tiempo alcanzamos un pequeño mirador donde identificamos las principales cumbres de este paraje de ensueño y contemplamos el sueño del Almanzor como algo casi imposible en esta época del año, aunque un pequeño rayo de esperanza se asoma en nuestras caras al ver que la zona de la Portilla del Rey y la cumbre del Cabeza Nevada están razonablemente despejadas de nieve gracias, seguramente, a una orientación más favorable respecto al resto de cumbres y collados. Así pues, nos lanzamos hacia la parte baja donde, ya cansados, decidimos parar a comer a la orilla de la Laguna Grande no sin antes meter los pies en el agua gélida de la Laguna (según Jose porque relaja, algo de lo que yo discrepo). El día es estupendo, la temperatura a los 1950m de altura en que nos encontramos es bastante agradable salvo por las esporádicas rachas de viento que disminuyen la sensación térmica, aunque la mayor parte del tiempo no pasa de ser una simple brisa que nos acoge entre sus brazos y nos permite disfrutar de una comida y su posterior siesta en un lugar idílico sobre una enorme piedra a orillas de la Laguna, observando con resignación la imposible cima del Almanzor aunque con la ambición necesaria para buscarnos una nueva meta.
Terminada la comida, las siestas y las bromas, especialmente con nuestro descubrimiento del eco del valle, que no sólo repetía nuestras chorradas sino que traía a nuestros oídos los comentarios de todo tipo de los mas de veinte chavales apastados a unos 300 metros de nosotros; salimos hacia el refugio, atravesando un arroyo por un pequeño puente de madera. Aquí hacemos efectiva nuestra reserva recibiendo las instrucciones del guarda para el uso del refugio, que además nos confirma lo que ya nos temíamos: el Almanzor sin crampones en esta época es un suicidio. Dejamos nuestras cosas en las taquillas habilitadas para tal efecto y nos lanzamos a dar un paseo trepando por los metros de ladera despejadas de nieve al pie del Almanzor, hasta que llegamos a un punto sin posibilidad de continuación donde contemplamos la Laguna desde la altura, tomando muchas fotos y dando algún trago de agua en uno de los muchos pequeños saltos de agua totalmente cristalina que alimentan la laguna unos metros más abajo.
En torno a las 7 de la tarde bajamos hacia el refugio, donde nos acomodamos dejando los sacos en la habitación que nos han asignado y cenamos de fría lata para terminar un día que sólo ha sido la primera toma de contacto con el entorno: hoy hemos disfrutado de las vistas, mañana las vamos a sufrir. Salimos a la pequeña terraza dispuesta a la entrada del refugio, que da acceso también a sus baños, desde donde contemplamos la Luna, con un recuerdo especial para mí, sobre las cumbres que hoy se han mostrado como imposibles para nosotros; aunque sabemos que mañana será otro día. A las 9 ya nos acostamos en nuestras literas número 10, 11 y 12 de la habitación de Los Hermanitos con la expectativa de levantarnos mañana a las 7 en punto para hacer una ruta hacia la Portilla del Rey y desde ahí, si es posible, acometer la ascensión de alguna cumbre cercana (la primera idea fue Cabeza Nevada, aunque en cuanto vimos más de cerca su ascensión desde la Portilla tuvimos que desistir).
El segundo día: El plan B y el aventurero perdido
Según lo planeado, a las 7 suena el despertador y es hora de levantarse. En poco más de media hora estamos con todo recogido y desayunando y a las 8:30, algo más tarde de lo deseado, emprendemos la caminata por la senda que tiene como destino el circo de Cinco Lagunas, aunque nosotros no llegaremos hasta allí, quedándonos en la Portilla del Rey, collado que comunica ambos circos.
Los primeros pasos junto a la Laguna son los más complicados, donde más difícil es orientarse y encontrar los hitos de la senda, aunque la vista es excepcional y las cumbres de la otra orilla se reflejan en el agua dejando una estampa inigualable en estas primeras horas del día. Enseguida el camino se pone vertical y con constantes zetas para superar un primer collado que nos da acceso al valle del Gargantón, cuyo descenso es también complicado debido a que la orientación de esta vertiente impregna sus laderas del manto blanco de un hielo que empieza a desaparecer en una inmensidad de arroyos y saltos de agua cuyo susurro nos acompaña durante toda la ruta.
Llegamos al fondo del valle y cruzamos el río que lo esculpe para iniciar el ascenso final a la Portilla del Rey. Vemos como un grupo de unos cinco o seis excursionistas recogen sus cosas tras haber pasado la noche en un vivac próximo al camino mientras éste gana altura, primero de forma mas tendida y rectilínea a través de una pradera de hierba para después dejar paso a las zonas mas verticales y repletas de zetas por las cuáles ganamos altura a un ritmo sorprendente. En este punto Álvaro se empieza a adelantar, ganando muchos metros de diferencia con nosotros; metros que se incrementan cuando Jose y yo decidimos hacer una pequeña parada para hidratarnos y librarnos por momentos de nuestras pesadas mochilas. Desde abajo le vemos recorrer unas pronunciadas y marcadas zetas del camino cubiertas por el blanco de un nevero de nieve y hielo que se resiste a ser derretido por el paso de los días por su posición privilegiada de sombra. Los dos que hemos quedado retrasados continuamos la ascensión, aunque conociendo de lo peligroso e incómodo de este tipo de nieve dura vamos evitando, en la medida de lo posible, pisarla; así, aunque en algunos momentos es ineludible pisar el frío elemento tomamos un primer atajo, subiendo en vertical algo que el camino supera con continuas eses pero evitando de esta manera pisar la nieve. Pero nuestra variante más importante vendrá cuando encontremos un segundo tramo de nieve, que vemos mucho mas infranqueable que los tramos anteriores salvo por un pequeño corredor de gran verticalidad que se abre paso a nuestra derecha y por donde decidimos subir, en busca de sortear esos metros de sombra que hacen que la nieve permanezca aún blanca y brillante. Subimos por esta variante descubriendo enseguida nuestro acierto pues logramos divisar de nuevo los hitos de la senda ya en su tramo final a través de la Portilla. Tramo final de la senda que sin duda es el más vertical y complicado por el terreno pedregoso, aunque viendo ya nuestro objetivo cada vez mas cerca por el gran ritmo al que devoramos metros de desnivel a este collado (mas por la verticalidad de la subida que por la velocidad de nuestros pasos).
Alcanzamos la cima del collado a unos 2330 metros de altura sobre las 11 de la mañana, y aunque esperábamos encontrarnos con el adelantado Álvaro, observamos para nuestra sorpresa que no está aquí. Rápido conjeturamos que se habría quedado esperando en uno de los puntos que hemos evitado al tomar nuestra variante y le hemos superado sin poder darnos cuenta, por lo que decidimos parar para reponer fuerzas descansando comiendo algo y aliviando nuestras espaldas de la pesada carga, que dejaremos en el collado para lanzarnos a por una pequeña cumbre que vemos a nuestra izquierda (Cabeza Nevada parece inalcanzable desde nuestra posición en el tiempo que tenemos disponible, pues a las 12 queremos estar emprendiendo el camino de vuelta). Subimos los metros que podemos de esta cumbre, de la cuál una vez alcanzada la que pensábamos que era su cima comprobamos que aún tiene unos 15 metros más por encima de nuestras cabezas, aunque la peligrosidad de la nieve que cubre toda la ladera que baja hacia Cinco Lagunas nos echa para atrás, por lo que tomamos este punto como nuestra cima personal;
tomamos las fotos pertinentes, contemplamos durante unos minutos el paisaje que se presenta a nuestros pies y nos lanzamos a la bajada, recogiendo la mochila y deshaciendo el camino andado, incluyendo la variante tomada anteriormente y que habíamos dejado señalizada para poder reconocerla en el descenso.
Durante nuestro descenso nos encontramos con un grupo de cuatro excursionistas con el mismo objetivo que nosotros, con los que charlamos amistosamente compartiendo con ellos nuestra variante para evitar la nieve. Lógicamente, a estas alturas seguimos sin Álvaro y ya sólo esperamos encontrarle en el Refugio una vez terminado el descenso. Tomamos un descanso en el río que antes cruzamos antes de subir de nuevo el collado que nos deje en el circo de la Laguna Grande. Superado este collado empiezan a caernos algunas gotas sobre nuestras cabezas, aunque no pasará a mas, y sufriendo algo mas de la cuenta en un último tramo de bajada que se muestra como el más duro alcanzamos sobre las 14:30 el Refugio Elola, donde el guarda nos comenta que Álvaro, ante las amenazantes gotas que cayeron antes sobre nuestras cabezas, partió hacia la Plataforma unos veinte minutos atrás.
Así, sabiendo que nuestro compañero se encuentra bien decidimos tomárnoslo con tranquilidad, comiendo a la orilla de la Laguna y tomando una pequeña siesta junto al Refugio antes de partir a las 15:30 hacia la Plataforma. Hacemos las dos horas de recorrido que nos dejan en la Plataforma a buen ritmo, charlando tranquilamente, tomando las fotos de nuestra hazaña -desde aquí se contempla perfectamente nuestra ascensión de la mañana- y contemplando por última vez antes de nuestra partida este paraje maravilloso al que seguro volveremos para conquistar el techo de nuestro Sistema Central: el tan ansiado Almanzor.
Llegamos a la Plataforma, donde tras mas de 7 horas nos encontramos con Álvaro. Enseguida guardamos las cosas en el maletero en en poco menos de una hora estamos en el coche emprendiendo el camino de vuelta.
No hemos conseguido nuestro objetivo, pero hemos aprendido que hay que saber renunciar a lo inalcanzable, pero no porque sea imposible, sino porque hay que saber buscar el momento más adecuado. Pronto llegará la hora de alcanzar el Almanzor, de momento nos llevamos la imagen de sus laderas en nuestra retina y el disfrute de un entorno único al que ya estamos decididos a regresar cuando tengamos certeza de la ausencia de nieve en las cumbres. Ninguno volvemos triste, todo lo contrario, ha sido un fin de semana para celebrar nuevas vidas. Volvemos con un pedazo de paraíso en nuestra memoria, paraíso que ahora intento -y sólo intento- compartir con vosotros. Nos lo merecemos.
Para mi Luna, por iluminarme el camino e inspirarme la felicidad.



































